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El planeta del que somos parte es un sistema vivo: todo está interrelacionado y es cada parte es interdependiente de todas las demás. Es un conjunto de elementos que interactúan con un propósito determinado. Es por esto que cuando hay un cambio, por pequeño que sea, en el funcionamiento del sistema, las consecuencias son muy notorias y en algunos casos peligrosas.

De esta manera surge el concepto de ‘sistemas de vida’, un sistema de procesos relacionales donde cada elemento se relaciona con otro para poder establecer procesos que generan emergencias (el resultado de la interacción entre dos elementos).

Al entender el funcionamiento de estos sistemas, nos damos cuenta de que es imposible aproximarnos al sistema de una manera que no sea holística o estructural. Sin embargo, esto no ha sido así siempre: los seres humanos hemos separado y reducido a la tierra a sus partes individuales, cuando en realidad, los sistemas vivos no están separados, sino que son interdependientes y interactúan como un todo. Lo esencial en un sistema vivo no son las partes que lo conforman sino las redes de relaciones que se generan a partir de la interacción de estos elementos.

Ahora bien, si nos preguntáramos cuál es el papel que tiene la humanidad dentro de los grandes sistemas de vida que hay en el planeta, la respuesta puede ser que somos parte de un desarrollo apartado y desconectado de su entorno y de los demás elementos que componen el sistema. Sin embargo, es posible imaginarnos un gran sistema en el cual tengamos, los seres humanos, una relación con nuestro entorno que esté basada en la colaboración y en la regeneración.

Para entender nuestro rol como humanidad en los ecosistemas, es esencial reconocer una desconexión espiritual, social y ambiental con nuestro entorno. Hay síntomas que nos permiten identificar que hay un problema: El individualismo en una sociedad altamente competitiva nos ha llevado a perder el sentido comunitario del trabajo. Esto ha derivado en una brecha ecológica, una brecha social y una espiritual/cultural. Por cosas como estas es que podemos ver cada vez más casos del efecto que tiene el hecho de que estemos agotando los recursos naturales del planeta, que 2.500 millones de personas en el mundo subsistan con menos de 2 dólares al día, o que tengamos una desconexión constante con nuestra noción de futuro.

Sin embargo, así podamos ver alrededor del globo problemas de este tipo, no es común que nos preguntemos por su causa estructural. Para poder entender dónde nos encontramos como humanidad dentro de los sistemas de vida de los que hacemos parte, es importante que reconozcamos que existe una desconexión en cada uno de los ámbitos mencionados: una división social, ambiental y espiritual.

Por eso es importante que comencemos por mejorar nuestra relación con nosotros mismos, para sí poder trabajar en nuestra desconexión con los otros y con el ambiente. De esta manera podremos darnos cuenta de lo urgente que es entender que para poder alcanzar un nivel de armonía con el sistema natural del que hacemos parte, tenemos que saber integrar nuestramos emociones y conexiones espirituales al sistema, pues estas son esenciales para el desarrollo humano. Esto ha pasado a lo largo de los años, por entender el trabajo y la vida en comunidad de una manera excesivamente racional.

En otras palabras, para resolver la alarmante desconexión con nuestro entorno, debemos generar nuevas formas de ver el mundo, y, de esta manera, establecer un liderazgo que no se base en nociones individuales del trabajo, sino en ideas de colectividad y participación. Si alcanzamos un equilibrio entre nuestras acciones, nuestros sentires y nuestros espíritus, podremos saber cuál es nuestro rol y qué futuro queremos para el mundo.

Ahora bien, una vez entendamos nuestro rol en el sistema que habitamos, nos podemos dar cuenta de que necesitamos un cambio de paradigma social donde nos construyamos desde redes de organización y no desde jerarquías. Es decir, al entender que vivimos por y gracias a redes de relacionamiento, nuestra relación con los demás seres vivos podría cambiar completamente.

De esta manera, cambiamos también nuestra aproximación al concepto de poder. Podemos entender, por ejemplo, que es distinto ejercer poder dentro de algo que sobre algo. El poder desde adentro es el que sostiene la vida. Por eso, empoderar, ejercer poder desde adentro, facilita el actuar conjuntamente, que es, en últimas, necesario para que podamos sostener la vida en el planeta.

No solamente es necesario cambiar ejercer poder desde adentro, sino dar un paso más y trascender del ego al eco. Es decir, es necesario pasar de una estructura burocrática y compartimentada a una en red: relacional y ecosistémica, y esto solo se puede hacer en la medida en que sea una transición que venga desde el sentir y la voluntad.